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TEORÍA DE LA ILUMINACIÓN

TEORÍA DE LA ILUMINACIÓN

TEORÍA DE LA ILUMINACIÓN

San Agustín examina los signos, y especialmente las palabras y sus relaciones con las cosas significadas, es para demostrar el papel secundario de los signos, de las palabras y de los nombres, a fin de dirigir el espíritu hacia el Maestro interior, cuya solo enseñanza puede hacernos comprender las cosas significadas. San Agustín pretende demostrar en el Maestro que el conocimiento intelectual verdadero, la ciencia o la inteligencia de las cosas, sólo no es posible por la enseñanza del Maestro interior, Cristo. Las palabras que no advierten desde fuera, viniendo de un maestro humano pueden a lo más engendrar en nosotros la creencia. ¿Cómo debemos entender estos dos actos: creer y saber? El santo Doctor usa de una terminología no perfectamente clara, no distingue explícitamente entre fe natural y fe sobrenatural

San Agustín, cuyo método intuitivo, parece ignorar la distinción entre Dios y su imagen creada, emplea más de una vez expresiones que insinúan, en efecto, la visión de Dios.  Pero otros textos agustinianos muy explícitos son incompatibles con el ontologismo. Malebranche se aparta ciertamente de San Agustín al decir que vemos en Dios toda verdad, aun tocante a las cosas sensibles. En cambio el Santo Doctor niega a nuestra inteligencia, en el orden natural, él poder ver a Dios directamente; no le concede ese poder más que en raras ocasiones de la vida mística, por ejemplo, para explicar los éxtasis de Moisés y de San Pablo, mientras que la iluminación es un beneficio común, recibido por todo espíritu tan pronto como alcanza la verdad. San Agustín distingue claramente la luz increada del Verbo de otra luz donde nos aparece el objeto de la sabiduría.

En De Magistro se trata al parecer, de la fe humana, fundada sobre la autoridad de las criaturas; porque la discusión que llena la primera parte se mueve sobre el plano natural, y si las palabras de un verso de Virgilio o la enseñanza de un maestro epicúreo pueden engendrar una creencia, es una creencia puramente humana. Mas se trata también de la fe sobrenatural, fundada sobre la autoridad de Dios, que nos revela las verdades necesarias para la vida eterna; porque San Agustín se apoya de preferencia en los autores sagrados y en los libros revelados; así dice él citando a San Pablo “Pues para recurrir a la autoridad que no es la más querida” se trata de fe sobrenatural en las enseñanzas divinas.

En De Magistro a pesar de las discusiones de orden gramatical. En el capítulo VIII, 21, el Santo Padre lo insinúa claramente: la vida feliz adonde él quiere conducir a Adeodato es la vida cristiana perfecta y, finalmente al cielo. He aquí por qué, si se quiere comprender la fórmula agustiniana plenamente en todas partes donde se trata de fe y de ciencia, es necesario pensar en la fe sobrenatural y esta fe no es una creencia toda especulativa, sino una fe vivificada por la caridad, una adhesión total que someta a la autoridad divina la inteligencia y la vida entera, de suerte que el alma encuentre allí su purificación y esté dispuesta a recibir la enseñanza y la iluminación de Cristo, que le trae la ciencia y la inteligencia.

Por otra parte, el conocimiento más perfecto que enriquece la fe inicial, y que en el Maestro llama ciencia o inteligencia, sé norma de ordinario sabiduría. Mas entre estos tres términos, San Agustín establece los matices precisos. Así en el DeTrinitate distingue y hasta opone la ciencia y la sabiduría. La ciencia es la obra de la razón inferior, que considera las cosas desde el punto de vista temporal y humano; he aquí por qué aisladamente considerada, ella se une fácilmente a las criaturas para gozar de ellas como de un fin, siendo así el origen de la avaricia, la raíz de todos los males, e incitando el orgullo, el primero de todos los pecados. Una tal ciencia no exige, para constituirse, la Iluminación, o la enseñanza del Maestro interior; es más bien un esfuerzo  para libertarse; de la posibilidad del error y del mal.

Al contrario de la sabiduría tiene su asiento en la razón superior y juzga de todo desde el punto de vista de las razones eternas o de las ideas divinas; es el fruto de la Iluminación del Verbo e implica así una perfecta humildad y un total desapego de sí mismo y de todo lo criado, excluye toda avaricia y todo orgullo. Por otra parte, el alma que la posee no tiene por qué sacrificar la ciencia, porque ésta es necesaria a la sabiduría, que debe guiarnos a través de las cosas temporales hacia la vida eterna; además, la consideración de las criaturas es el camino normal para alcanzar la contemplación de las verdades eternas. Así la ciencia se transforma y convierte en un conocimiento excelente, renunciando a ser reina para hacerse auxiliar de la sabiduría.

Entre las dos, pero más cerca de la sabiduría que de la ciencia, se coloca la inteligencia espiritual. Como la sabiduría, a la cual está íntimamente ligada se distingue de la ciencia por su objeto directo, que es la verdad divina. La inteligencia espiritual es una línea recta el perfeccionamiento de la fe; no es como ésta, una pura aceptación de la verdad revelada; es también una cierta compresión, relativa sin duda, más verdadera; simple, por una parte, como toda vista de la inteligencia propiamente dicha, más penetrante, a pesar de los limites que le impone la fe, mientras el hombre viva sobre la tierra en lugar de esclarecer la fe por el exterior, si se puede decir, la abarca de una mirada directa y la comprende más o menos profundamente, según la agudeza de la visión sobrenatural que es dada a cada uno.

En resumen, la fe nos da la verdad total, más de una manera todavía velada como a ciegas. La inteligencia y la Sabiduría nos descubren el sentido: la primera, por una vista simple, ante todo especulativa; la segunda, por un juicio de valor inspirado directamente por la caridad, que nos une directamente a Dios.

 La fe está penetrada de esperanza y caridad, y sin ellas es cosa muerta; la esperanza vive de la fe y el amor, y el amor se nutre de la fe y de la esperanza. La nueva vida espiritual es producida por el encuentro de dos amores, uno divino y otro humano; éste es incapaz de elevarse a lo alto sin ser atraído por  el primero, por eso el amor tiene mucha parte en la unión con Dios: es una fuerza unitiva

Entre los discípulos de San Agustín, San Buenaventura, han guardado, hasta en filosofía, la distinción entre ciencia y sabiduría. A sus ojos, las especulaciones racionales no tiene por sí mismo valor infalible verdad; lo adquieren por su sumisión a la sabiduría sobrenatural, con lo cual constituyen una sola ciencia. Santo Tomás distingue mejor los dos órdenes de la gracia y de la razón. Desde el punto de vista sobrenatural, se asimila plenamente toda la doctrina agustiniana, y por las distinciones antes mencionadas caracteriza los tres dones del Espíritu Santo: la ciencia, la inteligencia y la sabiduría. Desde el punto de vista natural, adopta las nociones de la filosofía aristotélica, y, para él, la ciencia humana, especialmente la filosófica, posee su autonomía y su valor propio de infalible verdad.

Por otra parte en De Magistro, la distinción entre los tres aspectos del conocimiento perfecto no aparece aún claramente. La ciencia y la inteligencia allí son, sobre poco más o menos, identificadas, porque tienen el mismo objeto  y no trata de la sabiduría. Su  fin de estas dos (La ciencia y la inteligencia) es sólo oponer la creencia imperfecta, dada por las palabras y los maestros humanos, a la posesión de la inmutable verdad, dada por el Maestro interior; ésta es la ciencia o inteligencia, fruto de la verdadera enseñanza, que sólo Cristo puede dispensar, y, por consiguiente, en su plena dilatación ella no es más que la sabiduría.

En cuanto a su extensión, ella parece abrazar todas las verdades eternas infalibles, racionales y sobrenaturales; mas, comparada con la fe, tiene un campo más restringido y aquí volvemos a encontrar la teoría según la cual toda verdad, así filosófica como teológica, es un don de fe. En este orden filosófico el método agustiniano es diferente al tomista, para San Agustín toda verdad comprendida, poseída científicamente por la filosofía, pertenece al campo de la fe. Para Santo Tomás, al contrario, toda verdad conocida científicamente no pertenece al campo de la fe

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Written by AlfonsoES


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