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TEORIA DE LA ILUMINACION

La adquisición de la sabiduría debe explicarse, según San Agustín, por la iluminación de la verdad divina, es decir, por una influencia creadora más rica, que hace participar a nuestra alma no sólo de las perfecciones temporales y espaciales (ser substancial, vida vegetativa, conocimiento animal), que están sometidas a mudanza, sino también de la inmutable perfección de la misma verdad.

El proceso dialéctico más familiar al Santo es subir a Dios como luz de los espíritus creados, reflejada en las verdades eternas. La filosofía agustiniana es un canto a la luz de la VERDAD increada, subsistente por sí.

Todas las luces creadas deben encenderse en su fuente primordial, necesitan de ella para brillar. La razón humana, como luz, tiene la misma condición; no es por sí misma luz, y necesita ser alumbrada por la primera VERDAD, para poder llegar a la sabiduría y a la justicia. (San Agustín, 1951)

Desde 387, en los Soliloquios, San Agustín había llamado a Dios el sol de los espíritus, teniendo como papel el hacer comprender los objetos inteligibles; pero daba esta idea como una probabilidad; en De Magistro la enseña por primera vez como cierta; hacia este mismo tiempo, la expone también a una carta a Nebridio (Carta 13)

En esta teoría hay que distinguir dos aspectos: el hecho y el modo de la iluminación. Sobre el primero no hay discusión alguna; sobre el segundo todas son discusiones. Entre las interpretaciones propuestas, es necesario desechar la panteísta que nos supone todos pasivos, como si Dios sólo obrase en nosotros por la iluminación; San Agustín precisa frecuentemente que tenemos una inteligencia distinta de Dios. También hay que rechazar la interpretación ontologista, que explica los caracteres de necesidad, inmutabilidad y eternidad de nuestras ciencias, dando por objeto inmediato a nuestra inteligencia las ideas divinas que tienen precisamente esas cualidades, y en las cuales conocemos todas las cosas. El ontologismo supone que vemos todas las cosas en Dios.

San Agustín, cuyo método intuitivo, parece ignorar la distinción entre Dios y su imagen creada, emplea más de una vez expresiones que insinúan, en efecto, la visión de Dios.

San Agustín examina los signos, y especialmente las palabras y sus relaciones con las cosas significadas, es para demostrar el papel secundario de los signos, de las palabras y de los nombres, a fin de dirigir el espíritu hacia el Maestro interior, cuya solo enseñanza puede hacernos comprender las cosas significadas. San Agustín pretende demostrar en el Maestro que el conocimiento intelectual verdadero, la ciencia o la inteligencia de las cosas, sólo no es posible por la enseñanza del Maestro interior, Cristo. Las palabras que no advierten desde fuera, viniendo de un maestro humano pueden a lo más engendrar en nosotros la creencia. ¿Cómo debemos entender estos dos actos: creer y saber? El santo Doctor usa de una terminología no perfectamente clara, no distingue explícitamente entre fe natural y fe sobrenatural

Por otra parte, el conocimiento más perfecto que enriquece la fe inicial, y que en el Maestro llama ciencia o inteligencia, sé norma de ordinario sabiduría. Mas entre estos tres términos, San Agustín establece los matices precisos. Así en el DeTrinitate distingue y hasta opone la ciencia y la sabiduría.

La ciencia es la obra de la razón inferior, que considera las cosas desde el punto de vista temporal y humano; he aquí por qué aisladamente considerada, ella se une fácilmente a las criaturas para gozar de ellas como de un fin, siendo así el origen de la avaricia, la raíz de todos los males, e incitando el orgullo, el primero de todos los pecados. Una tal ciencia no exige, para constituirse, la Iluminación, o la enseñanza del Maestro interior; es más bien un esfuerzo  para libertarse; de la posibilidad del error y del mal.

Al contrario de la sabiduría tiene su asiento en la razón superior y juzga de todo desde el punto de vista de las razones eternas o de las ideas divinas; es el fruto de la Iluminación del Verbo e implica así una perfecta humildad y un total desapego de sí mismo y de todo lo creado, excluye toda avaricia y todo orgullo.

Por otra parte, el alma que la posee no tiene por qué sacrificar la ciencia, porque ésta es necesaria a la sabiduría, que debe guiarnos a través de las cosas temporales hacia la vida eterna; además, la consideración de las criaturas es el camino normal para alcanzar la contemplación de las verdades eternas. Así la ciencia se transforma y convierte en un conocimiento excelente, renunciando a ser reina para hacerse auxiliar de la sabiduría.

Entre las dos, pero más cerca de la sabiduría que de la ciencia, se coloca la inteligencia espiritual. Como la sabiduría, a la cual está íntimamente ligada se distingue de la ciencia por su objeto directo, que es la verdad divina. La inteligencia espiritual es una línea recta el perfeccionamiento de la fe; no es como ésta, una pura aceptación de la verdad revelada; es también una cierta compresión, relativa sin duda, más verdadera; simple, por una parte, como toda vista de la inteligencia propiamente dicha, más penetrante, a pesar de los limites que le impone la fe, mientras el hombre viva sobre la tierra en lugar de esclarecer la fe por el exterior, si se puede decir, la abarca de una mirada directa y la comprende más o menos profundamente, según la agudeza de la visión sobrenatural que es dada a cada uno.

En resumen, la fe nos da la verdad total, más de una manera todavía velada como a ciegas. La inteligencia y la Sabiduría nos descubren el sentido: la primera, por una vista simple, ante todo especulativa; la segunda, por un juicio de valor inspirado directamente por la caridad, que nos une directamente a Dios.

La fe está penetrada de esperanza y caridad, y sin ellas es cosa muerta; la esperanza vive de la fe y el amor, y el amor se nutre de la fe y de la esperanza. La nueva vida espiritual es producida por el encuentro de dos amores, uno divino y otro humano; éste es incapaz de elevarse a lo alto sin ser atraído por  el primero, por eso el amor tiene mucha parte en la unión con Dios: es una fuerza unitiva

El Maestro: el Maestro que, ante todo, nos comunica la ciencia es Dios, que habita dentro de nosotros.

Lic. Alfonso Elpidio Sánchez López

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Written by AlfonsoES


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