Iluminacion

LA ILUMINACION

la iluminacionLA ILUMINACION

Para explicar los primeros principios, fundamentos de la ciencia (lo que San Agustín llamaba las verdades eternas) la iluminacion, varios filósofos admiten que el alma los posee desde su unión al cuerpo y que los conserva inconscientemente, en una especie de memoria, hasta el aviso o advertencia de la razón; de este modo, no las recibe ni de la experiencia ni de la enseñanza, los recuerda.

Tal es la Teoría de la Reminiscencia, que se presenta en la historia bajo tres formas principales.

 La Iluminacion. La primera reconoce por autor a Platón (424-348 a J.C.), y le siguen sus discípulos neoplatónicos, particularmente Plotino (205-270 d. J.C.) y Porfirio (232-305). El alma, supuesta preexistente, adquirió las ciencias en su vida anterior; encerrada después en un cuerpo en castigo de alguna falta, olvidó todo por su unión a la materia; así el estudio de las ciencias en esta vida es, en sentido propio, un recuerdo.

La Iluminacion. San Agustín, versado en las obras de Plotino y Porfirio, conocía esta teoría  desde el principio de su vida católica, aunque parece no haberla admitido nunca. Ella estaba contradicho por la Sagrada Escritura, en el Génesis 2, 7 dice así “Formó, pues, el Señor Dios al hombre del lodo de la tierra, y le inspiró en el rostro un soplo espíritu  de vida, y quedó hecho el hombre viviente con su alma racional” contando la creación del alma del primer hombre, por San Pablo, “Enseñando que antes de nacer nadie ha hecho obras, ni buenas ni malas”. Rom.9-11 por otra parte, se sabe que en los días de su conversión él leía a San Pablo, con preferencia a los libros platónicos.

La Iluminación. La segunda forma es el Innatismo. Dios, al crear el alma en el momento de unirla al cuerpo, depositó en su inteligencia las ideas o primeros principios, de donde más tarde, a la edad del raciocinio, nosotros sacamos nuestras ciencias. Así piensan, entre los modernos Descartes (1596-1650) y Leibniz (1646-1716) Los antiguos, ignorando la creación, no soñaron con esta teoría San Agustín pudo admitirla, porque no se oponía ni a su fe ni a sus principios filosóficos; pero es seguro que lo haya hecho.

LA ILUMINACION

La Iluminación. A partir  Del Maestro aparece una tercera, a la cual San Agustín desde ahora permanece fiel, El objeto del recuerdo, más bien que lo pasado, son las verdades eternas fuera de tiempo. Hay una memoria del presente, como lo explica en una carta a su amigo Nebridio, escrito al principio de 389, hacia el mismo tiempo que El Maestro.

La Iluminación. El alma en su esencia lleva como prefiguradas estas verdades eternas, y cuando las conoce, con la ayuda de Dios, se da cuenta de lo que ya sabía virtualmente, y, en este sentido, ella se recuerda. San Agustín conserva, por tanto, la palabra reminiscencia, vaciándola de su significación platónica para introducir una doctrina que le es propia, la de la Iluminación.

La Iluminación. La fuente de la verdad hemos de buscarla en el interior del hombre, en su espíritu. Y no al modo de las ideas innatas cartesianas que el hombre encuentra en sí mismo, sino yendo más allá del propio espíritu, remontándonos hasta Dios.

La Iluminación. Su Teoría del Conocimiento de San Agustín, la volvió Teoría de la Iluminación y es probable que se halle inspirado en el Evangelio de Juan, en el que se lee que el Verbo es “la luz que ilumina a todo hombre  que viene a este mundo”. Las ideas eternas, inmutables e increadas, se encuentran en Dios, y él nos las comunica al conocer, de un modo natural y no milagroso o sobrenatural.

LA ILUMINACION

La Iluminación. Al mundo lo vemos y pensamos gracias a la luz de las ideas, ideas que no nos pertenecen, sino que pertenecen a Dios, quien nos las comunica iluminándonos para que podamos conocer. ¿Qué es la verdad? No tanto la adecuación de nuestro intelecto a la cosa, verdad lógica, sino más bien a las ideas, especies eternas o modelos en la mente de Dios, según las cuales todo fue hecho, verdad ontológica.

La Iluminación. La verdad, por tanto, se identifica con Dios. Él es la verdad de las cosas, que fueron hechas según sus ideas divinas. La misma reflexión sobre la verdad y el conocimiento le permitirá a Agustín formular una demostración de la existencia de Dios. El hombre conoce verdades eternas, inmutables y necesarias.

 La Iluminación. Y estas verdades no pueden provenir de él mismo, que es mutable, temporal y perecedero. Por tanto, al conocer verdades ya conocemos a Dios (obviamente no en forma total, pero sí con certeza en su existencia), pues las ideas son de Dios, le pertenecen.

La Iluminación. Agustín recoge la afirmación de Éxodo 3,14: Cuando Moisés le pregunta a Dios cuál es su nombre, Dios responde: El que es: “Todo lo que en Dios hay no es otra cosa que ser”, Dice San Agustín.Comprende al ser en forma platónica, es decir  ser idéntico a sí mismo, como inmutabilidad.

La Iluminación. Todo lo que es, es porque Dios le participa el ser. Así se entiende el acto creador de Dios. Dios crea de la nada, sin que preexista materia alguna a su acto creador. Dios, en cuanto ser inmutable, está fuera del tiempo. Comienza a haber tiempo con la Creación. Por eso no tiene sentido preguntar, como hacían muchos en aquella época para poner en aprietos a los partidarios de la Creación, ¿qué hacía Dios antes de la Creación?

La Iluminación. La misma pregunta carece de sentido, porque no hubo un «antes» (tiempo) de la Creación, no hubo tiempo antes del tiempo. Ahora bien, si Dios lo ha creado todo de la nada y, por lo tanto, todo ser proviene de Dios, ¿cómo se explica el mal? La reflexión sobre el problema del mal había llevado a Agustín, en su juventud, al maniqueísmo.

La Iluminación. Pero Agustín ha madurado y tiene ahora una respuesta para ello: el mal no es Ontológicamente hablando no hay mal, no hay nada malo. El ser, que proviene de Dios, es bueno. Lo que llamamos mal no es sino privación o ausencia de bien, pero en sí mismo no es nada, no tiene substancia.

La Iluminación. La antropología de Agustín muestra la tensión entre su convicción, como teólogo cristiano, de que el hombre es una unidad de cuerpo y alma, y su raíz platónica que lo lleva a concluir que el “hombre es un alma racional que tiene un cuerpo mortal y terreno para su uso No acepta del platonismo la preexistencia del alma, afirmación indispensable para quienes entienden el conocimiento como reminiscencia pero no para Agustín y su Teoría de la Iluminación.

La Iluminación. En cuanto a las relaciones entre razón y fe, Agustín sintetiza su pensamiento en un pasaje de su sermón 43: “Comprende para creer, cree para comprender” El asentimiento a las verdades de fe está precedido por la razón, que demuestra que es legítimo creer en ellas (aunque no demuestra su contenido de verdad). Pero también es seguido por la razón, que interviene, luego del acto de fe, para profundizar en el contenido de esas verdades, cosa que sin la fe la razón no podría hacer.

Lic. H.F. Alfonso Elpidio Sánchez López.

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SAN AGUSTIN

SAN AGUSTIN

san agustinSan  Agustin. Dicen que para acceder al interior de un genio, siempre es bueno asimilarle a otros espíritus afines en el reino del pensamiento o de la acción. Así, Sócrates y San Agustín son hermanos en algún sentido; si el primero es el gran pedagogo y moralista de la antigüedad clásica, el segundo lo es de la antigüedad cristiana, de la edad media, y aún de la moderna. San  Agustin.

San  Agustin. En los diálogos platónicos se pueden admirar los rasgos de Sócrates. Por ejemplo, Alcibíades confiesa el fruto de sus contactos con el maestro. San  Agustin.

San Agustín.  Cuando le escucho, mi corazón palpita con más vehemencia que los coribantes, vierto lágrimas, y veo que un gran número alrededor experimenta las mismas emociones. He oído hablar a Pericles, y lo encuentro elocuente, pero no me hace sentir nada parecido; mi alma no se turba, no se indigna contra sí misma por su esclavitud, como acontece a este Marsias. San  Agustin

San  Agustin. Es un hombre que me hace entrar en mí mismo para convencerme de lo que me falta; un hombre que despierta en mí un sentimiento del que apenas me siento capaz, la vergüenza. (AA.VV. en Platón, 1974, Pág. 592)  San  Agustin

SAN AGUSTIN

San Agustin. Sin duda, se halla ante un elogio extraordinario para el moralista pagano, que abre también la puerta para conocer al Doctor cristiano. El cual no va por la ironía, como el maestro griego, porque lleva muy adentro.  San  Agustin

San  Agustin. Tragedia del hombre caído y redimido. No es que San Agustín descubriera el abismo del hombre pecador y la necesidad de su redención. Pero si es, juntamente con San Pablo, el explorador y psicólogo terrible, el denunciador de la miseria humana. San  Agustin

San  Agustin. Dice que ha hecho saltar al rostro el calor de la vergüenza por su cautiverio espiritual. Junto a San Agustin se siente el dolor de ser humano, su indigencia y necesidad de socorro divino, él dispone los corazones para la vergüenza, el arrepentimiento y la confesión de culpas, y también para la inquietud metafísica para descifrar el misterio del hombre. Su misión en sus obras es hacer entrar dentro de uno mismo para ver lo que falta y despertar el remordimiento de los fallos.  San  Agustin.

SAN AGUSTIN

San Agustin ayuda al hombre a encontrarse a sí mismo, a asegurarse en la roca de la verdad, para que no lo arrastren los huracanes de la vida moderna. Y para esta misión de intérprete universal tuvo la capacidad privilegiada no sólo la agudeza de su mirada para los sondeos interiores sino también la forma poética y mística, así como el dominio de la palabra fácil y persuasiva, es por eso que San Agustín con su iluminación, pudo acercarse a los hombres de su tiempo, y, por ellos a los de todos los tiempos, para decirles su verdad, que es, sobre todo su necesidad de redención, es decir de cambio de mentalidad, de vida que tanto se necesita en esta época moderna. San  Agustin.

Lic. H.F. Alfonso Elpidio Sánchez López.

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TEORIA DE LA ILUMINACION

La adquisición de la sabiduría debe explicarse, según San Agustín, por la iluminación de la verdad divina, es decir, por una influencia creadora más rica, que hace participar a nuestra alma no sólo de las perfecciones temporales y espaciales (ser substancial, vida vegetativa, conocimiento animal), que están sometidas a mudanza, sino también de la inmutable perfección de la misma verdad.

El proceso dialéctico más familiar al Santo es subir a Dios como luz de los espíritus creados, reflejada en las verdades eternas. La filosofía agustiniana es un canto a la luz de la VERDAD increada, subsistente por sí.

Todas las luces creadas deben encenderse en su fuente primordial, necesitan de ella para brillar. La razón humana, como luz, tiene la misma condición; no es por sí misma luz, y necesita ser alumbrada por la primera VERDAD, para poder llegar a la sabiduría y a la justicia. (San Agustín, 1951)

Desde 387, en los Soliloquios, San Agustín había llamado a Dios el sol de los espíritus, teniendo como papel el hacer comprender los objetos inteligibles; pero daba esta idea como una probabilidad; en De Magistro la enseña por primera vez como cierta; hacia este mismo tiempo, la expone también a una carta a Nebridio (Carta 13)

En esta teoría hay que distinguir dos aspectos: el hecho y el modo de la iluminación. Sobre el primero no hay discusión alguna; sobre el segundo todas son discusiones. Entre las interpretaciones propuestas, es necesario desechar la panteísta que nos supone todos pasivos, como si Dios sólo obrase en nosotros por la iluminación; San Agustín precisa frecuentemente que tenemos una inteligencia distinta de Dios. También hay que rechazar la interpretación ontologista, que explica los caracteres de necesidad, inmutabilidad y eternidad de nuestras ciencias, dando por objeto inmediato a nuestra inteligencia las ideas divinas que tienen precisamente esas cualidades, y en las cuales conocemos todas las cosas. El ontologismo supone que vemos todas las cosas en Dios.

San Agustín, cuyo método intuitivo, parece ignorar la distinción entre Dios y su imagen creada, emplea más de una vez expresiones que insinúan, en efecto, la visión de Dios.

San Agustín examina los signos, y especialmente las palabras y sus relaciones con las cosas significadas, es para demostrar el papel secundario de los signos, de las palabras y de los nombres, a fin de dirigir el espíritu hacia el Maestro interior, cuya solo enseñanza puede hacernos comprender las cosas significadas. San Agustín pretende demostrar en el Maestro que el conocimiento intelectual verdadero, la ciencia o la inteligencia de las cosas, sólo no es posible por la enseñanza del Maestro interior, Cristo. Las palabras que no advierten desde fuera, viniendo de un maestro humano pueden a lo más engendrar en nosotros la creencia. ¿Cómo debemos entender estos dos actos: creer y saber? El santo Doctor usa de una terminología no perfectamente clara, no distingue explícitamente entre fe natural y fe sobrenatural

Por otra parte, el conocimiento más perfecto que enriquece la fe inicial, y que en el Maestro llama ciencia o inteligencia, sé norma de ordinario sabiduría. Mas entre estos tres términos, San Agustín establece los matices precisos. Así en el DeTrinitate distingue y hasta opone la ciencia y la sabiduría.

La ciencia es la obra de la razón inferior, que considera las cosas desde el punto de vista temporal y humano; he aquí por qué aisladamente considerada, ella se une fácilmente a las criaturas para gozar de ellas como de un fin, siendo así el origen de la avaricia, la raíz de todos los males, e incitando el orgullo, el primero de todos los pecados. Una tal ciencia no exige, para constituirse, la Iluminación, o la enseñanza del Maestro interior; es más bien un esfuerzo  para libertarse; de la posibilidad del error y del mal.

Al contrario de la sabiduría tiene su asiento en la razón superior y juzga de todo desde el punto de vista de las razones eternas o de las ideas divinas; es el fruto de la Iluminación del Verbo e implica así una perfecta humildad y un total desapego de sí mismo y de todo lo creado, excluye toda avaricia y todo orgullo.

Por otra parte, el alma que la posee no tiene por qué sacrificar la ciencia, porque ésta es necesaria a la sabiduría, que debe guiarnos a través de las cosas temporales hacia la vida eterna; además, la consideración de las criaturas es el camino normal para alcanzar la contemplación de las verdades eternas. Así la ciencia se transforma y convierte en un conocimiento excelente, renunciando a ser reina para hacerse auxiliar de la sabiduría.

Entre las dos, pero más cerca de la sabiduría que de la ciencia, se coloca la inteligencia espiritual. Como la sabiduría, a la cual está íntimamente ligada se distingue de la ciencia por su objeto directo, que es la verdad divina. La inteligencia espiritual es una línea recta el perfeccionamiento de la fe; no es como ésta, una pura aceptación de la verdad revelada; es también una cierta compresión, relativa sin duda, más verdadera; simple, por una parte, como toda vista de la inteligencia propiamente dicha, más penetrante, a pesar de los limites que le impone la fe, mientras el hombre viva sobre la tierra en lugar de esclarecer la fe por el exterior, si se puede decir, la abarca de una mirada directa y la comprende más o menos profundamente, según la agudeza de la visión sobrenatural que es dada a cada uno.

En resumen, la fe nos da la verdad total, más de una manera todavía velada como a ciegas. La inteligencia y la Sabiduría nos descubren el sentido: la primera, por una vista simple, ante todo especulativa; la segunda, por un juicio de valor inspirado directamente por la caridad, que nos une directamente a Dios.

La fe está penetrada de esperanza y caridad, y sin ellas es cosa muerta; la esperanza vive de la fe y el amor, y el amor se nutre de la fe y de la esperanza. La nueva vida espiritual es producida por el encuentro de dos amores, uno divino y otro humano; éste es incapaz de elevarse a lo alto sin ser atraído por  el primero, por eso el amor tiene mucha parte en la unión con Dios: es una fuerza unitiva

El Maestro: el Maestro que, ante todo, nos comunica la ciencia es Dios, que habita dentro de nosotros.

Lic. Alfonso Elpidio Sánchez López

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EL MAESTRO

EL MAESTRO

EL MAESTROEl maestro. La tesis de San Agustín: sobre si un hombre puede enseñar y llamarse MAESTRO, o sólo Dios lo puede. La respuesta a esta interrogante está en armonía con su doctrina agustiniana, inspirándose toda en la psicología de Aristóteles.

La inteligencia, estando al principio en la ignorancia, debe adquirir la ciencia pasando de la potencia al acto; más la causa de este paso no está principalmente fuera del hombre, en los objetos sensibles o en  EL MAESTRO humano; es inmanente al alma y puede hasta pasarse totalmente sin la ayuda de otros hombres. El maestro

El Maestro. Esta potencia activa, fuente en nosotros de la ciencia, es ante todo el entendimiento agente, facultad propia del alma del espíritu diría San Agustín, que es, por consiguiente, una luz intelectual innata; y lo son también los primeros principios, que no son, es verdad, innatos en sentido propio, más que no son tampoco fruto de la enseñanza. El maestro

El Maestro. Es por medio de estos primeros principios que se adquieren las ciencias, extendiendo la luz intelectual a nuevas conclusiones, sea al contacto de la experiencia, sea comparando entre sí las verdades conocidas. El maestro

Ahora bien, esta luz intelectual es una participación de la luz divina de las verdades eternas; y es así como Santo Tomás acepta la conclusión Del MAESTRO:

EL MAESTRO que, ante todo, comunica la ciencia es Dios, que habita dentro de cada uno.

El Maestro. Desde este punto de vista, Santo Tomás precisa algunos argumentos de El Maestro. O bien, dice San Agustín, se conoce la cosa de que se habla, y no se aprende nada, o bien, se ignora, y entonces no se alcanza la significación de las palabras que podrían instruir; de todas formas no se aprende nada. Para mejor comprender a San Agustín en el Capítulo XI, 36 del

El Maestro se señala lo siguiente:

El Maestro. Quien me enseña algo es el que presenta a mis ojos, o a cualquier otro sentido del cuerpo, o también a la inteligencia, lo que quiero conocer. Por tanto, con las palabras no aprendemos sino palabras, mejor dicho, el sonido y el estrépito de ellas. El maestro

Porque si todo lo que no es signo no puede ser palabra, aunque haya oído una palabra, no sé, sin embargo, que es tal hasta saber que significa. El maestro

Por tanto, es por el conocimiento de las cosas por el que se perfecciona el conocimiento de las palabras, y oyendo las palabras, ni palabras se aprenden. El maestro

Porque no aprendemos las palabras que conocemos, y no podemos confesar haber aprendido las que no conocemos, a no ser percibiendo su significado, que nos viene no por el hecho de oír las voces pronunciadas, sino por el conocimiento de las cosas que significan” “San Agustín” San Agustín menciona: El maestro

El Maestro. Cuando se trata de lo que percibimos con la mente, esto es, con el entendimiento y la razón, hablamos lo que vemos está presente en la luz interior de la verdad, conque está iluminado y de que goza el que se dice hombre interior; más entonces también el que nos oye conoce lo que yo digo porque él lo contempla, no por mis palabras, si es que lo ve él interiormente y con ojos simples. Luego ni a éste, que ve cosas verdaderas, le enseño algo diciéndole verdad, pues aprende, y no por mis palabras, sino por las mismas cosas que Dios le muestra interiormente; por tanto, si se le preguntase sobre estas cosas, podría responder. El maestro

Y hay nada más absurdo que pensar que le enseño con mi locución, cuando podía, preguntado, exponer las mismas cosas antes de que yo hablase. Pues lo que sucede muchas veces, que interrogado niegue alguna cosa y se vea obligado con otras preguntas a confesarlo, es por la debilidad de su percepción, incapaz de consultar a aquella luz sobre todo el asunto; se le advierte que lo haga por partes cuando se le pregunta de estas partes de que consta aquel conjunto, al cual considerado así, no podía ver. El maestro

El Maestro. A donde si es llevado por las palabras, es llevado no por las palabras de las que pregunta, es llevado no por palabras que enseñan, sino por palabras que indagan en relación con su aptitud para comprender la luz interior . El maestro

San Agustín no niega esta utilidad del lenguaje, la cual dice si se le comprende bien, no es pequeña, más su fin era mostrar el otro aspecto del problema, la independencia del pensamiento y su sumisión directa a la sola luz divina, y sobre este punto se puede decir que los dos grandes doctores están plenamente de acuerdo. El maestro

El conocimiento derivado de la experiencia, sostiene no puede explicar ciertas proposiciones matemáticas como verdaderas y otras como falsas, pues se realiza tales afirmaciones a pesar de cualquier contradicción de la experiencia. El maestro

La memoria, como dice San Agustín es una facultad de mi alma “Y este poder es de mi espíritu; pertenece a mi naturaleza, y ni yo mismo puedo comprender todo lo que soy. De manera que el espíritu es demasiado estrecho para poseerse a sí mismo” San Agustín, p. 159. 1998).

En este cuadro de la mente que la muestra como no contenida totalmente dentro de sí misma, como capaz de trascender siempre penetra más allá, en las más obscuras profundidades de la memoria y como descubriéndose cada vez a sí misma, la verdad insospechada pero accesible a ella, se intuye un deseo de acercarse al corazón de las ideas.  El maestro

de San Agustín sobre el conocimiento, todas las ideas a priori del mismo, todas las nociones impresas aplicadas en el juicio, están contenidas en la memoria y para San Agustín, Dios mismo está presente en ella y puede ser conocida por el hombre cuando se vuelve a él. El maestro

Su presencia en la mente humana es el fundamento último de la teoría agustiniana del conocimiento a través de la iluminación divina. Dios está íntimamente presente en todo; por ende, también lo está en la mente.  El maestro

EL MAESTRO

Está integro en todas partes; de donde se desprende que es en él que la mente vive, se mueve y tiene su ser, y por ende puede recordarlo. No lo recuerda como algo experimentado en el pasado. El maestro

Pero lo recuerda al volver hacia su Señor, como hacia la luz por la cual había sido tocada en alguna medida hasta cuando se apartaba de ella. Luego también el infiel puede concebir la eternidad y hacer juicios verdaderos de aprobación y Desaprobación acerca de la conducta humana. Pero no ve estas reglas de juicio en su propia naturaleza, aunque indudablemente es por la mente que estas cosas son vistas, es igualmente cierto que la mente que estas cosas son vistas, es igualmente cierto que la mente es mudable, pero quienquiera que reciba en su mente estas reglas como patrón de conducta, las ve inmutables. El maestro

Ni se encuentra en ninguna disposición de su mente, ya que estas reglas lo son de lo justo, mientras que su mente es, injusta. Dónde están escritas, pues, a menos que estén en el libro de esa luz que llamamos verdad. El maestro

Es allí donde se inscriben todas las reglas de lo justo, y de allí pasan al alma del hombre justo, no por transferencia corporal, sino como dejaran su sello en él. En esta presencia de Dios en la mente, no-menos real por el hecho de ser inconsciente o no reconocida, la que constituye la fuente real de la iluminación, por la cual el hombre conoce la verdad.

Volverse hacia la fuente de la luz es “recordar a Dios, estar con él, como él está con la mente. Pero su presencia en la mente no depende de la presencia de la mente en él, está en ella fundamentalmente y siempre presente, así como su presencia impregna todo lo que existe. La mente humana es privilegiada por encima de otras cosas sólo en que puede volverse libremente hacia esta presencia y reconocerla, o apartarse de ella y olvidarla. Y en esta presencia de Dios en la mente se funda el perpetuo acceso de su luz en la mente. Así como la presencia de Dios en las cosas, en general, las mantiene en el ser y determina su funcionamiento, así también su presencia en la mente humana determina su funcionamiento, es decir, su pensar y su conocer. El maestro

EL MAESTRO

El Maestro. Esta descripción del conocimiento humano no puede ser llamada una teoría del conocimiento en el sentido habitual. Reducidas a sus elementos esenciales afirma que las cosas funcionan de manera propias a ellas, de acuerdo con sus naturalezas, y que la presencia de Dios determina el funcionamiento de todas las cosas, lo cual es tan cierto de la mente como de otras cosas. El maestro

El Maestro. Cuándo la descripción de la manera cómo funcionan las cosas se agrega que funcionan en virtud de la presencia operativa de Dios, cabe preguntar si se agrega algo a la descripción de su funcionamiento. En general, ciertamente no; pero en el caso del funcionamiento de la mente, San Agustín tiene que introducir una operación específica de la presencia divina, la iluminación, para poder llenar una laguna muy importante de su explicación. El maestro

El Maestro. Esa laguna, es la misma que debió llenar Platón con el mito de la reminiscencia, lo cual tanto Platón, como San Agustín ubican sus teorías del conocimiento, dentro de una estructura metafísica de gran amplitud y de la cual constituyen una parte fundamental. Esa laguna es la misma. El maestro

El Dialogo Del Maestro.

Condensa en estas palabras breves, su contenido: En él se discute, y se busca, y se demuestra que no hay ningún maestro que enseñe al hombre porque según la palabra de Dios, “Nosotros no tenemos más que un solo. El maestro

MAESTRO , CRISTO”

Lic. H.F. Alfonso Elpidio Sánchez López.

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